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Cada año, miles de jóvenes de todo el mundo se forman en cooperación internacional con la esperanza de contribuir al cambio social. Sin embargo, aunque inician motivados por el deseo de transformar realidades desde dentro, muchos terminan en oficinas más institucionales o en roles administrativos alejados del impacto directo, mientras que muchos otros directamente cambian el cauce de sus estudios para formarse en áreas donde el futuro laboral sea más certero. ¿Qué hace que estos jóvenes con ideas frescas y voluntad se vean absorbidos por estructuras burocráticas? El dilema se encuentra entre el compromiso social y la necesidad de estabilidad económica.

África, ya sea por su diversidad cultural, su riqueza natural o sus complejidades sociales, ha sido históricamente el epicentro de muchas iniciativas de cooperación internacional al desarrollo. Jóvenes de todo el mundo, inspirados por ideales de justicia social, equidad y solidaridad, suelen ver en las ONGDs o en el trabajo de campo en África una oportunidad para marcar una diferencia significativa. Estos jóvenes se forman en universidades, cursan másteres en desarrollo internacional, relaciones internacionales o derechos humanos, y sueñan con trabajar directa o indirectamente con las comunidades, implementar soluciones innovadoras y ser parte del cambio. Además, llegan dispuestos a escuchar a sus pares africanos, quienes tienen una visión propia y legítima del desarrollo que quieren para sus países, sus pueblos y sus entornos. Sin embargo, esta idea inicial suele enfrentarse a una realidad que choca con sus expectativas, y es que una parte del trabajo en el ámbito de la cooperación internacional está estructurado en torno a instituciones burocráticas que priorizan la rendición de cuentas, la gestión de fondos y la administración de proyectos, más que el trabajo directo con las comunidades.

Una de las razones por las que estos jóvenes terminan alejándose del trabajo en el terreno es la precariedad económica y laboral que caracteriza a muchas iniciativas de base. Trabajar en proyectos comunitarios o en ONGDs tanto locales como en las contrapartes en África a menudo implica salarios bajos, contratos temporales, condiciones inestables y, en muchos casos, una desconexión con las grandes estructuras de toma de decisiones. Esto hace que, a pesar de su voluntad de incidir directamente en las comunidades, muchos jóvenes verdaderamente capacitados y con preparación académica real opten por roles más seguros en instituciones internacionales o gubernamentales, en la “otra parte” de la cooperación.

Por otro lado, las grandes organizaciones internacionales (como las Naciones Unidas, el Banco Mundial, la Unión Europea, o incluso grandes ONGs como Oxfam o Save the Children) ofrecen una trayectoria profesional más atractiva: salarios más altos, contratos a largo plazo, beneficios sociales y un entorno laboral que proporciona estabilidad. Estos factores económicos y laborales terminan siendo determinantes para muchos jóvenes, quienes se ven obligados a priorizar su estabilidad personal sobre su compromiso con el cambio social directo.

El fenómeno de la burocratización en el sector de la cooperación internacional ha sido ampliamente discutido por académicos y activistas. Las grandes instituciones que gestionan fondos para África suelen estar más centradas en la planificación y evaluación de proyectos desde oficinas centrales que en el trabajo directo en el terreno. Esto significa que, para muchos jóvenes, las oportunidades laborales en este ámbito se limitan a roles administrativos, como la redacción de informes, la gestión de presupuestos o la coordinación de programas desde la distancia. Si bien estas tareas son importantes para garantizar la sostenibilidad de los proyectos, también pueden alienar a quienes buscan un impacto más tangible. Como señala la principal tesis del sociólogo David Mosse en su libro Cultivating Development, las instituciones de cooperación internacional están hoy en día diseñadas para responder a las expectativas de los donantes y no necesariamente a las necesidades de las comunidades. Este enfoque genera una desconexión entre los ideales de los jóvenes y las prácticas reales de las instituciones.

El dilema al que se enfrentan los jóvenes comprometidos con África es, en esencia, un dilema moral. Por un lado, está el deseo de trabajar en proyectos que generen un cambio en las comunidades. Por otro, está la necesidad de encontrar un empleo que ofrezca estabilidad económica y seguridad a largo plazo. Este dilema es especialmente agudo para quienes provienen de contextos económicos difíciles, donde tener un empleo bien remunerado no es una opción, sino una necesidad. El deseo de ayudar y los valores de la cooperación siguen vivos en miles de jóvenes de todo el mundo. Sin embargo, para que ese deseo no se diluya en la burocracia, es necesario que las instituciones internacionales y las ONGDs reevalúen sus prioridades. Los jóvenes no deberían verse obligados a elegir entre sus ideales y su estabilidad económica. En cambio, necesitamos construir un sistema de cooperación que valore tanto el impacto directo en las comunidades y el trabajo de campo en África, como la seguridad laboral de quienes lo hacen posible.

Sin embargo, conviene matizar esta dicotomía. Con el tiempo, muchos profesionales de la cooperación descubren que el trabajo institucional —redactar informes, gestionar presupuestos, coordinar programas— no es necesariamente un alejamiento del impacto, sino otra forma de producirlo. Un informe bien argumentado puede influir en una política que afecta a miles de personas. Una gestión rigurosa de fondos puede sostener un proyecto que de otro modo desaparecería. El verdadero riesgo no está tanto en trabajar desde una oficina como en perder de vista a las personas que hay detrás de cada expediente, de cada cifra, de cada línea presupuestaria. La madurez profesional, en la cooperación como en cualquier otro campo, consiste a menudo en aprender a mantener esa conexión —con la realidad, con las comunidades, con el por qué— desde cualquier posición que se ocupe.

Los jóvenes que hoy eligen dedicarse a la cooperación no deberían tener que renunciar ni a sus ideales ni a su bienestar. Que eso ocurra no es un fracaso personal: es un síntoma de estructuras que necesitan cambiar. Y cambian cuando se nombran.

El reto está, por tanto, en las organizaciones. En su capacidad para crear condiciones en las que la vocación no se agote en la burocracia, en las que la carrera profesional sea compatible con el compromiso, y en las que la voz de las comunidades, especialmente de quienes llevan décadas construyendo sus propios procesos de cambio,  guíe de verdad las decisiones. No es un problema de actitud individual. Es una responsabilidad colectiva.